En mi caparazón

 Cuando el mundo me pesa, cuando los días se vuelven toneladas de plomo sobre mis hombros...

Cuando los pensamientos corren a mil revoluciones por minuto por mi cabeza. 

Cuando la vida me asfixia, es en ese momento dónde me acurruco y vuelvo a mi caparazón. 

Me encierro.

Me aíslo.

Me quedo conmigo. 

Me abrazo.

Y me cuesta... Me cuesta abandonarlo.

 Me cuesta confiar en que tal vez existe alguien con quién pueda bajar la guardia.

Entonces me voy hacia adentro.

Me vuelvo adicta a mi propia compañia.

Me embriago de ella, hasta el punto en el que salir se vuelve imposible. 

Así pasan las horas. 

Los días. 

Semanas... Me cuesta abandonar ese caparazón, esa burbuja de sobreprotección. 

A veces me pesan los recuerdos. 

Los lindos. 

Los caóticos. 

A veces me marean las miles de preguntas en mi cabeza. 

Porque quiero entender el por qué de tantas cosas.

Porque se vuelve insoportablemente necesario. 

Y no, no me consuela pensar que no existen "por qué" sino "para qué". 

A veces me pesa la mirada que tengo sobre mi misma, mi juicio sobre "qué hice mal" para terminar en situaciones tan enredadas. 

Doy vueltas. 

Voy.

Vengo.

Me enredo. 

Me mareo. 

Caigo.

Me encierro. 

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